Respuesta al cambio climático

El precio de la comodidad

Problema Global

Lo que no desaparece nunca

Nuestra cómoda vida cotidiana está repleta de plástico. El vaso desechable de camino al trabajo, el envase en la hora del almuerzo, el embalaje del paquete recibido por la noche: describir un día sin plástico es casi imposible. [1] Rara vez pensamos en profundidad sobre estos objetos usados apenas unos minutos, a lo sumo, un día. En el instante en que los arrojamos al contenedor de basura, lo sentimos como un asunto ajeno a nosotros.

El problema comienza aquí. Cuando algo desaparece de nuestra vista, tendemos a pensar que todo ha quedado resuelto limpiamente. Sin embargo, el plástico arrojado al contenedor no desaparece como por arte de magia. Simplemente se ha trasladado a un lugar apartado. [2] Mientras nuestra vista queda obnubilada por la comodidad, el plástico sigue fluyendo en silencio hacia otros lugares.

El camino hacia el océano

¿Qué recorrido sigue el plástico una vez que cae en el contenedor de basura? Cada año, enormes cantidades de plástico indebidamente gestionadas son arrastradas por el viento y las lluvias hacia los ríos. Esos fragmentos de plástico resultantes a lo largo de los cursos fluviales confluyen finalmente en las inmensidades del océano. [3]

El plástico vertido en el mar no desaparece fácilmente. Los vasos y envases usados apenas unos minutos en nombre de la comodidad flotan en el océano manteniendo su forma original durante unos 100 y 500 años. [4] Lo más grave es que el plástico, erosionado durante años por el sol y las olas, se fragmenta en “microplásticos” invisibles al ojo humano. Los animales marinos confunden con frecuencia estas diminutas partículas con alimento. Cuando el plástico ingresa en el cuerpo de los peces, se acumula sin ser digerido ni excretado, y a través de la cadena alimentaria pasa a peces de mayor tamaño, concentrándose progresivamente en los eslabones superiores. [5]

Y al final, a nosotros

Esta tragedia no se limita al daño sufrido por los animales marinos. Lamentablemente, en el último eslabón de la cadena alimentaria nos encontramos nosotros, los seres humanos. Cuando los mariscos extraídos del mar llegan a nuestra mesa, los microplásticos en su interior pasan íntegramente a nuestro organismo. En efecto, los estudios persisten uno tras otro: se han detectado microplásticos no solo en las ostras y mejillones consumidos habitualmente, sino también en la sal de mesa y el agua del grifo ingerida a diario.1

  1. Emenike, Ebuka Chizitere, et al. “From Oceans to Dinner Plates: The Impact of Microplastics on Human Health.” Heliyon, vol. 9, no. 10, 2023. ↩︎

La salud no es el único problema. El precio desembolsado por el plástico desechado descuidadamente nunca está lejos. La limpieza de los residuos acumulados en mares y ríos, así como los materiales flotantes que arriba a las costas, requiere cada año una ingente cantidad de mano de obra y presupuesto. Y ese coste lo acaba asumiendo el conjunto de la sociedad. Dicho de otro modo, la comodidad de la cual hemos disfrutado tan fácilmente jamás fue gratuita. Simplemente no habíamos recibido la factura, pero ya la estamos pagando.

El precio no se agota en los impuestos. El plástico que no llega al mar también genera otro coste en el momento de su incineración. Los gases de efecto invernadero emitidos durante ese proceso aceleran aún más la crisis climática, y sus consecuencias revierten sobre nuestra vida cotidiana. [6] Las olas de calor prolongadas, las lluvias torrenciales más intensas y los cambios estacionales cada vez más impredecibles ya no son desastres de países lejanos: son la realidad del contexto actual. En definitiva, los productos de un solo uso elegidos por un instante de comodidad elevan la temperatura de las ciudades y amenazan nuestra salud, nuestra seguridad y la estabilidad de nuestras vidas.

Así pues, el problema del plástico no reside simplemente en la acumulación de residuos. Tras la comodidad obtenida con tanta facilidad queda un coste que alguien deberá cubrir, una obligación social y una deuda aún mayor que las generaciones futuras deberán cargar. Detrás de la dulzura de la comodidad siempre acecha un pesado precio, como una etiqueta imposible de despegar.

El valor de lo incómodo

¿Qué podemos hacer entonces? Renunciar de la noche a la mañana a los desechables y a la comodidad tan arraigada en nuestra vida diaria es, en la práctica, sumamente difícil. Lo importante no es eliminar todo de golpe, sino detenernos un instante en cada momento de elección que enfrentamos a diario e imaginar el camino que seguirá el objeto que sale de nuestras manos. Hace falta el esfuerzo de ofrecer nuestro termo al pedir un café, de elegir productos con menos embalaje y de realizar una separación cuidadosa de residuos. Aunque cada uno de estos actos no resuelva de inmediato los grandes problemas medioambientales, si hemos comenzado a reconocer el precio oculto tras la comodidad, el cambio significativo ya ha empezado.

En abril, el mes del Día Internacional de la Madre Tierra, las voces en favor del medio ambiente resuenan por doquier. Pero el verdadero cambio no se efectúa en una sola jornada al año. Depende de las elecciones realizadas en nuestra vida cotidiana a partir del día siguiente. Retirar la mano que se dirigía maquinalmente al contenedor de basura y dudar un instante, tener el valor de asumir una pequeña incomodidad: esa es la verdadera consideración hacia nuestro planeta. El sacrificio actual es la semilla de nuestro éxito futuro.

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